Un tenso debate sobre cookies y una reflexión autocrítica sobre los internautas

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Un tenso debate sobre cookies y una reflexión autocrítica sobre los internautas
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No hay nada como una tensa discusión para darse cuenta de que internet es casi una página en blanco, un espacio incomprendido (o con demasiadas interpretaciones contradictorias) que funciona como un organismo vivo que evoluciona mientras unos lo quieren llevar al terreno del salvaje oeste y otros quieren marcarle la ruta completa. La WordCamp Europe celebrada en Sevilla fue testigo de ello. Y no me refiero al debate que estos días alimenta la red ‘wordpressera’ sobre una comunidad WordPress que algunos asemejan a una película de buenos y malos y otros a una comuna ‘happy flower’. Seguro que, como es habitual, la realidad está a medio camino. Pero la discusión que se vivió en Sevilla no está tan directamente relacionada con WordPress, sino con el espacio que vio nacer y ve crecer a WordPress, internet. Teniendo en cuenta que el 24% de las webs que existen hoy en día están realizadas con este CMS (custom management system, es decir, gestor de contenido), es una obviedad decir que los debates sobre internet afectan directamente a WordPress. Y si no que nos lo digan a todos los que vimos como la normativa europea y la aún más restrictiva española sobre el uso del cookies nos obligaban a adaptar las webs que hacemos con WordPress.
 
Las cookies… Qué decir de ellas. Utilísimas para saber quién visita nuestras webs y qué hace en ellas y una agresión a la privacidad individual del internauta, según como se mire, según quien hable de ellas. La primera en ponerlas sobre la mesa en la WordCamp Europe fue la británica Heather Burns, diseñadora web y especialista en legislación sobre internet y el ámbito digital. Su ponencia fue un repaso a la normativa europea y una dura crítica, cargada de ironía, al sistema legislativo europeo, especialmente a su dilación a la hora de regular el ámbito digital, al consiguiente, en su opinión, desfase entre la realidad y las normas y a la falta de efectividad de las normativas aprobadas a la hora de perseguir su objetivo primordial, velar por la privacidad de los ciudadanos. De su charla se extrae la idea de que la Unión Europea no entiende internet y pretende regular este espacio con parches y con normas diseñadas para intentar controlar a las grandes empresas, sin pararse a pensar en las pequeñas que tienen que hacer esfuerzos ingentes para cumplir la legislación (si es que se puede cumplir). El resultado de este tipo de gestión, de espaldas a la comunidad que trabaja en internet, es, para Heather Burns, una mala y totalmente inútil ley de cookies.
 

 
Entre el público de su charla estaba Amelia Andersdotter, experta en derecho de protección de la privacidad, ex miembro del Parlamento Europeo y cuya presencia en la WordCamp Europe se debía a que ella misma impartiría una ponencia al día siguiente sobre cómo hacer webs que respeten la privacidad del usuario. Fue la primera en tomar la palabra cuando Heather Burns abrió el turno de preguntas. Pero no fue para preguntar, sino para apostillar. En su opinión, si la ley de cookies no funciona no es porque sea una mala ley, afirmó, sino por la presión de las grandes corporaciones. A partir de ahí, se generó un pequeño, pero intenso debate entre las dos ponentes que continuó en Twitter cuando Burns escribió “Gracias a todos los que vinieron a mi charla aunque parece que molesté duramente a algunos empleados de la UE que no pueden entender por qué las leyes que implementan sobre el papel no funcionan en la práctica”. Amelia Andersdotter, por su parte, también recurrió a Twitter para hablar de una “discusión muy rara” y citar una supuesta frase de la ponencia de Burns en la que decía que las cookies de rastreo no dañan la privacidad del usuario.
 


 
La británica se dio rápidamente por aludida y le respondió que si no le gustaba cómo había abordado el tema en una charla de 25 minutos, le sugería que ella misma explicase a programadores y diseñadores de webs cómo aplicar las ideas que parecen funcionar en el papel a la vida real. Un poco despistada Heather Burns, que no parecía tener claro que esa persona con la que mantenía esta discusión era la misma que al día siguiente iba a ofrecer pautas para implementar webs respetando al máximo la privacidad del usuario. No es de extrañar, pues, que Andersdotter la invitase, también vía Twitter, a no perderse su ponencia.
 
twitter
 
Nosotros tampoco nos la perdimos. Acompañada de otro ex miembro del Parlamento Europeo que se centró en prácticas y herramientas para que las webs no vean mermadas sus funciones al tiempo que el usuario no vea dañado su derecho a la privacidad, Amelia Andersdotter ofreció la otra cara de la moneda sobre las cookies que habían desencadenado la discusión el día anterior. Como ejemplo de un mal uso de programas de rastreo de datos de visitantes puso las webs de los ayuntamientos de Suecia. Explicó que el 99% usan software ajeno para extraer datos de los usuarios, “lo que significa –dijo- que es imposible conseguir información online sobre servicios públicos sin dar información sobre nosotros a empresas extranjeras”. Se refería con esto al hecho de que las webs municipales utilicen programas como Google Analytics para conocer a su audiencia, dado que este tipo de softwares recaban datos que muchas veces no se limitan a proveer información únicamente a la web que los usa, sino que existe un mercado de venta de datos con fines comerciales que se alimenta de conocer las prácticas e intereses de los ciudadanos a partir de su comportamiento online. Andersdotter fue más concreta en su ejemplo al preguntarse por qué una madre sueca que quiera informarse a través de la web de una institución pública de los servicios educativos que existen para sus hijos debe darle información sobre sí misma no sólo a su gobierno, sino a una tercera parte privada.
 

 
Heather Burns no aprovechó el turno de preguntas de esta ponencia para ofrecer un punto de vista que había quedado claro el día anterior, pero tampoco se resistió a poner la puntilla en Twitter: “Es divertido ver cómo los problemas con la ley de cookies son siempre culpa de alguien más, ¿verdad? De la industria publicitaria, del sector web… nunca de la UE”. No sabemos si el debate/discusión entre ambas ponentes siguió en persona, pero no en la red. A simple vista, pues, hasta aquí llegó el momento más tenso de la WordCamp Europe, pero el debate en sí mismo no se acaba ni en Sevilla ni en Bruselas. Tras asistir a las dos charlas, tengo que decir que estoy de acuerdo con ambas ponentes. Estoy de acuerdo con Heather cuando dice que la ley de cookies es un fracaso, cuando afirma que hay un problema de privacidad que aún está sin resolver, porque esta normativa carece de sentido cuando se pone en práctica. Pero también estoy de acuerdo con Amelia cuando reclama más respeto hacia los internautas a la hora de rastrearlos, idea a la que me sumé cuando puso el ejemplo de la administración pública. Es intolerable, en mi opinión, que una institución pública use programas que puedan ‘traficar’ comercialmente con la información que extraigan de mi navegación.
 
Dicho lo cual, hay que recordar que, para nuestro trabajo, los programas de rastreo son fantásticos y si aún nos pudiesen dar más información sobre los usuarios, mejor. Porque el problema no es la herramienta, sino el uso que se hace de ella, tanto por parte del que la implementa como del usuario. Creo que siempre se obvia la parte de responsabilidad del internauta que, con su pasividad, otorga poder sobre sus datos. La mayoría de los internautas no se paran a leer el aviso de cookies y mucho menos acceden a la información sobre las mismas que por ley hay que incluir en cada web. Tampoco se molestan en leer las condiciones cuando se dan de alta en un servicio, como puede ser una red social. A la mayoría le sorprendería saber que estas condiciones suelen otorgar un control total sobre nuestros datos a la empresa o institución con la que iniciamos una relación digital.
 
El poder de Google
 
Así que me voy a imaginar que en algún momento de mi relación con Google le dije que podía analizar todo lo que hacía en internet. No, yo tampoco me leí las condiciones cuando me abrí una cuenta en Gmail. Tendré que revisarlas, porque aún no salgo de mi asombro tras mi viaje a la WordCamp Europe. No por la pequeña bronca sobre leyes y privacidad –probablemente lo más instructivo del congreso-, sino porque Google se haya leído mis correos. ¿En qué momento le habré dicho que podía hacer esto? ¿Dónde dejaría pasar esa casilla premarcada? Ni idea, pero sí sé positivamente que Google se ha leído mis correos, porque a través de Gmail gestioné el vuelo y el hotel, pero lo que no hice fue incorporar esta información a mi Google Calendar (sí, también uso este servicio de Google), no pensé que me fuese a olvidar de irme a Sevilla, la verdad. Pero la ‘superempresa’ sí lo hizo y se encargó de avisarme de todos los datos prácticos sobre mi viaje con antelación suficiente para que no perdiese el avión y con información suficiente para que no tuviese problemas para localizar el hotel. Asombro y un poco de cabreo. No con Google. Me da que le habré dado mi consentimiento para hacer y deshacer. Así que conmigo.
 
Y la cosa no acaba aquí. El día que debíamos regresar de Sevilla, estábamos en la sala de embarque del aeropuerto esperando por nuestro vuelo. Accedimos a ella unos 40 minutos antes de la salida del avión. Y en la espera hicimos lo que cualquier ‘millenial’ que se precie (y eso que esta etiqueta ni se aproxima a nosotros, por edad, digo): coger el teléfono móvil para pasar el rato. Y ahí me encuentro un aviso de Google conforme el avión saldría con casi media hora de retraso. Decir que me quedé atónita es poco. Comprobar en las pantallas del aeropuerto que no había ningún aviso de retraso generó cierta confusión, que se despejó por completo cuando ya casi a la hora en la que tendríamos que estar despegando, el personal de Vueling avisó del retraso, media hora después de que lo hubiese hecho Google. ¿En serio? A esas alturas de la semana y tras cuatro días achicharrándonos en Sevilla, del cabreo ya poco quedaba, pero el asombro aún me dura.
 
Asombrada o no, voy a ser bien pensada y asumir mi responsabilidad por haberle dado tanto poder a Google. Y voy a reconocer que Google me ha brindado unos servicios útiles durante mi pequeña escapada a Sevilla. Porque para eso sirve que te rastreen, para adelantarse a tus necesidades. Igual que hace mi panadera cuando me tiende el bollo que me gusta sin preguntarme qué quiero. Ya lo sabe, es la fuerza de la costumbre. ¿O es que rastrea mi comportamiento mientras estoy en su tienda? Umm!? ¿Dónde está la ley de cookies que obliga al tendero de toda la vida a informar a cada persona que entra en su tienda de que está tomando nota mental de cosas como qué día de la semana entró, a qué hora, si es hombre o mujer y que está realizando una estimación de su edad y que lleva la cuenta de qué productos le llaman más la atención? Ah, pero que en la vida física (que no real, que la digital también es real) esto no significa que se esté vulnerando la privacidad de la gente. Sólo estamos ante un tendero observador. ¡Qué cosas!
 
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PD: Y ahora decirme que Google no se pasa de listo. Mirad (y leed) la pantalla que me mostró cuando entré en mi correo justo después de terminar de escribir este artículo:
google2
 
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    Bitacoras.com on julio 13th, 2015

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